Ciencia y Patrimonio en el Valle del Aconcagua. Celebración de la XXII Semana de la Ciencia de Explora Conicyt.

La Semana Nacional de la Ciencia y la Tecnología es una instancia de educación ciudadana convocada cada año por Explora Conicyt, la cual busca festejar la ciencia y su influencia positiva en nuestras vidas. En esta vigésima segunda edición, el Centro de Estudios Enclave Aconcagua quiso hacerse parte ofreciendo actividades educativas que pusieran en valor la ciudad y el patrimonio natural y cultural de Aconcagua.

Partimos el viernes 7 con una cerveza científica en el Restaurante el Chaski de San Esteban, donde nos juntamos a conversar sobre desarrollo urbano en el valle. La idea fue tratar de manera cercana temas como la congestión vehicular, la conciencia de ciudad por parte de los habitantes, las políticas de urbanización y la dimensión de territorio. Para ello contamos con invitados locales especialistas en estas temáticas. Hablamos de los arquitectos Felipe Barrios, Salim Rabi y Nicolás Jiménez, sumados al geógrafo Juan Carlos Cerda.

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De izquierda a derecha, Nicolás Jiménez, Jorge Cancino, Felipe Barrios, Juan Carlos Cerda y Salim Rabi.

Después de exponer sus puntos de vista, los invitados dieron paso a responder las dudas de los asistentes, produciéndose una conversación rica y reflexiva, que llevó finalmente a relevar la importancia de estos espacios de diálogo, los cuales contribuyen a democratizar la planificación de las ciudades, instancias que en la formalidad de los gobiernos locales no existe.

El día sábado nos volvimos a juntar, esta vez para hablar sobre patrimonio geológico. En esta oportunidad contamos con los geólogos andinos Ítalo Payacán y Rodrigo Quiroga, quienes nos guiaron hasta la cima del Cerro de la Virgen de Los Andes para observar los procesos asociados a la formación geológica del valle.

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Ítalo Payacán explicándonos los conceptos de plegamiento, alzamiento, acortamiento y deslizamiento presentes en la construcción de la Cordillera.

En el transcurso, y ayudados por mapas, los profesionales nos explicaron las particularidades de este valle, que permiten por ejemplo, que contemos con importantes recursos como el cobre y la agricultura. Igualmente aprendimos nuevos términos que nos ayudan a explicar la formación de la Cordillera de Los Andes, y la importancia del Cerro de la Virgen como lugar de observación para conocer este y otros procesos que acompañan nuestro paisaje natural.

El domingo fue el día del patrimonio cultural, acompañados del guía turístico Ítalo García de Altos Petros. Con él tuvimos la oportunidad de recorrer el patrimonio urbano de Putaendo, el primer pueblo libre de Chile, por ser aquí donde llegó el Ejército Libertador tras cruzar la cordillera y posteriormente conseguir la Independencia de Chile.

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Uno de los hitos patrimoniales visitados fue el Puente Cimbra sobre el río Putaendo.

En primer lugar, Ítalo nos llevó a conocer la Parroquia San Antonio de Padua ubicada frente a la Plaza de Armas, patrimonio arquitectónico fundamental de la ciudad, al representar el trabajo de los propios habitantes. Luego nos dirigimos al Puente Cimbra que cruza el río Putaendo, espacio recientemente recuperado como parque fluvial. Este llegó a ser uno de los puentes colgantes de madera más largos de Chile, alcanzando un kilómetro de distancia. En seguida volvimos a caminar por el centro de la ciudad, conociendo sobre la fachada continua como estilo arquitectónico y el origen de Putaendo como un poblado de tipo calle larga. También aprendimos sobre los pilares de esquina, antiguas estructuras  asociado a la construcción de espacios comerciales. Finalmente dimos por terminado el recorrido en el Museo del Centro Cultural de Putaendo ubicado en calle Bernardo O’Higgins. Allí pudimos apreciar las colecciones de arqueología, de cultura tradicional y religiosa que resguarda esta importante institución local.

De este modo llevamos a cabo nuestra primera participación en la celebración de la Semana de la Ciencia, agradeciendo a los asistentes y colaboradores su participación. Sin duda se trata de una excelente iniciativa que esperamos poder seguir replicando con el objetivo de aportar al desarrollo de la cultura científica entre los habitantes de Aconcagua.

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Una conversación amable y cercana fue lo que caracterizó la Cerveza Científica sobre desarrollo urbano.
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En la Cima del Cerro de la Virgen después de la charla geológica.
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Al finalizar el recorrido patrimonial en el patio del Centro Cultural de Putaendo.

Componedores de huesos: las milagrosas manos de Cotoyo

 

Por Jorge Cancino y Danilo Herrera

 

La cura de huesos es una vieja práctica que consiste en aliviar malestares musculares o dolores a causa de huesos torcidos mediante masajes o movimientos de los mismos . En el valle del Aconcagua existían varios curadores de huesos, algunos incluso alcanzaron gran fama. También se conoce como: compostura de huesos, hueseros, masajista.

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Teodoro Espinosa (Cotoyo) con un paciente *fotografía gentileza de Sra. Maria esposa de Teodoro Espinosa

La memorias que aún hoy perviven sobre la “cura de huesos” nos permiten reconstruir la práctica de este oficio así como la vida de algunos de sus más relevantes exponentes en la zona. 

Manuel Herrera ex – estibador de la Aduana, vivió por experiencia los beneficios de tratarse con alguno de los virtuosos “curadores”. Según él, antes eran muchos quienes ejercían este oficio, sin embargo sólo conoció a unos pocos. Recuerda especialmente a la familia Espinosa, de la cual varios de sus integrantes se desempeñaban como hueseros:  Manuel Espinosa y sus hijos; Teodoro, conocido como Cotoyo, Leo y María, practicaron este oficio durante décadas.

Particularmente conocidos fueron el padre Manuel y su hijo Cotoyo, quienes con su talento llegaron a tener tal cantidad de público, que era necesario sacar número para poder atenderse. Desde todo el valle del Aconcagua,  Santiago e incluso Mendoza venían a tratar sus malestares con estos hombres de “manos milagrosas”.

  Manuel Herrera que trabajó desde muy joven en la Aduana, recuerda visitar en dos ocasiones a Cotoyo. La primera vez que acudió, fue por causa de una lesión en el pie, ocasionada por el intenso trabajo de descarga de sacos en el antiguo Tren Trasandino. Varios vagones con treinta mil kilos de carga cada uno, en sacos de cincuenta kilos tuvo que descargar su cuadrilla. Después de un rato de trabajo (y producto de andar descalzo piensa) comenzó a sentir un malestar en el empeine, lo que le impidió seguir con su labor. Pidió permiso a la jefatura para ir donde el “huesero”. En ningún momento  se le pasó por la mente ir al hospital pues ahí no se resolvían bien los problemas de ese tipo y la experiencia le había enseñado que podía ser incluso peor.

 Cotoyo revisó su caso; comenzó el tratamiento con algunos masajes en la zona, y después, con un fuerte tirón, puso en su lugar lo que estaba torcido. En otra ocasión producto de fuerzas mal hechas después de una operación, sintió fuertes dolores en su pecho, visitó nuevamente a Cotoyo quien le pidió realizar algunos ejercicios de respiración, después de lo cual con un fuerte apretón volvió una costilla a su lugar, solucionando de esta manera el problema.

No solo Manuel visitó a los Espinosa, sino que gran parte de su cuadrilla (que llegó a tener 200 trabajadores) y otros conocidos acudían constantemente para calmar sus dolores, algunas veces a causa de esguinces, zafaduras y hasta huesos quebrados, en otras ocasiones en busca de simples masajes. Recuerda  Manuel que por no más de 5.000 pesos actuales uno podía solucionar o calmar sus malestares.

Su esposa María relata varios detalles que aportan a crearnos una imagen más cercana de cómo ejercía su oficio Teodoro. Primero debemos entender que las habilidades de Cotoyo fueron una suma de dos factores: un don innato heredado de una familia dedicada al oficio durante décadas y su trabajo ligado al deporte en el mundo del box y en el equipo de fútbol San Martín. En estos trabajos aprendió observando técnicas para tratar malestares musculares. Con el tiempo la demanda de pacientes fue tan grande que se vió obligado a dejar sus labores en el equipo y dedicarse exclusivamente a este oficio. Una galería anexa a la casa servía de “consulta”, la cual, separada por una cortina permanece casi intacta hoy en día. María aún guarda las cosas de su esposo, por un ejercicio de nostalgia pues simplemente no quiere botarlas. Pese a que jamás se dejó tratar por su marido, María reconoce en él un don para diagnosticar y solucionar únicamente con el tacto las dolencias de quienes llegaban a él.

La fama que adquirió Teodoro llegó hasta los periódicos locales, en una entrevista publicada el 24 de septiembre del 2004 en el  diario El Observador, Cotoyo nos cuenta en mayor profundidad cómo recibió y perfeccionó sus conocimientos. Según relata en la entrevista, en los años 60’, de manera autodidacta y aprovechando su gusto por el deporte fue observando el trabajo de los masajistas, en la peleas de los antiguos campeonatos de boxeo que se realizaban en la zona, dicha experiencia le enseñó sus primeras técnicas de masaje, que lo llevó a aprender a centrar huesos. De esta manera es que por más de 25 años se dedicó a esta ocupación, y a través de la práctica, y lejos de cualquier manual de medicina mejoró sus habilidades en el masaje. Su procedimiento de trabajo consistía en diagnosticar el problema tocando la zona afectada para después proceder según el caso: si había un hueso comprometido ponía atención al tendón para después corregir el hueso, si era necesario un masaje, aprovechada todo su talento en una práctica que a su juicio era sumamente beneficiosa al corregir y desinflamar las partes afectadas sin dañarlas

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A la izquierda: Cotoyo A la derecha: Segundo «Chato» Espinosa *fotografía gentileza de Sra. Maria esposa de Teodoro Espinosa

El año 2013 falleció Teodoro a la edad de 84 años, despedido entre amigos, familiares y agradecidos pacientes. Su fama se mantuvo hasta el final, prueba de esto son los artículos de prensa informando la triste noticia. Hoy solo su hermana María sigue realizando masajes ocasionalmente, con lo que aquella tradición familiar pareciera estar apunto de perderse.