Historias de escobas, José Castillo: Armador

 

Por Danilo Herrera

José Castillo de 77 años se define como agricultor; durante gran parte de su vida trabajó en el campo realizando diferentes faenas. Sin embargo, no siempre se dedicó a trabajar la tierra, desde su adolescencia hasta casi los treinta años (aunque de manera esporádica) fue maestro cosedor y armador en la producción de escobas, en algunas de las diferentes fábricas existentes a mediados de siglo XX, en la actual provincia de Los Andes. También, y hacia el final de sus días, en el mundo de la producción de escobas, se aventuró a trabajar por cuenta propia, aunque los terribles eventos políticos de principios de los 70 le impidieron seguir con su proyecto.

A sus 17 años se acercó por primera vez a este oficio. Fue un tío quien lo invitó a trabajar con él y le enseñó las primeras operaciones en el taller. Poco a poco ganó experiencia y pasó, de dedicarse a la costura de la escoba a trabajar en el armado, labor mejor pagada. Una temporada se quedó con su tío, para después pasar por algunas de las diez fábricas que había en el sector de San Rafael, en Los andes. Trabajó también en Quintero por otra temporada, regresando a la ciudad para integrarse a la fábrica Guillanol & Mustakis, ubicada antaño donde ahora se instala la feria el día sábado en San Rafael. Se dedicó después a la confección de escobas municipales para Don José Lazo, en su taller ubicado en la población Ambrosio O`Higgins. En Rinconada trabajó para la fábrica de Luis Martines, taller que dejó a la larga por las dificultades que traía trasladarse a un lugar tan alejado de su hogar, en tiempos en los que solo se podía llegar en el bus que transitaba entre Santiago y San Felipe.

Al final de su tiempo como maestro armador de escobas, decidió aventurarse por sí mismo. Sin embargo, el paro de camioneros del 72`, y los problemas para distribuir sus escobas, así como para conseguir materiales, lo llevaron a vender en la temporada siguiente la mayor parte de lo que había adquirido.

La fabricación de escobas era una labor de temporada, se iniciaba en marzo y terminaba entre junio y agosto, ya que este era el tiempo en que la curagüilla, materia prima, estaba disponible a precios accesibles en el comercio. Llegado el segundo semestre, el mercado de escobas estaba atestado, por lo cual no era conveniente continuar las ventas, y si bien el precio de la curagüilla subía, no se podía subir el precio de la escoba. Había gente que aún a pesar de ello continuaba vendiendo, no obstante, la experiencia de Don José le llevó a ver grandes fracasos.

Una manera de dar salida a la producción llegado fin de año, era  viajar vendiendo las escobas por zonas más distantes. Siendo armador en Rinconada, viajó al sur por 15 días con su jefe y dos compañeros, cargando 500 docenas de escobas en un camión. En su viaje comenzaron las ventas en Traigüen, continuaron por Victoria, Loncoche, Temuco, Valdivia y sino hubiesen vendido 90 docenas en un Supermercado de Osorno, hubiesen llegado a Puerto Montt. La técnica de venta era simple, se tomaban muestras y se recorrían los diferentes negocios, grandes y pequeños, mostrando el producto, si alguien estaba interesado, se acordaba el precio y la cantidad, luego se iba al camión por el pedido. Solo en Temuco, y con permiso de carabineros, se instalaron en el mercado a vender por unidades, ya que las ventas eran muy buenas en aquella ubicación.

Hacer una escoba no era sencillo, para su confección se necesitaban varios maestros artesanos dedicados a una específica labor en el desarrollo del producto final. Primero se hace la preparación del material, que comenzaba el día anterior a la faena. En esta etapa se remojaba en agua la curagüilla dentro de toneles para que estuviese manejable, preocupándose de que quedase completamente cubierta de agua. Después se dejaba secar para  azufrarla en cuartos habilitados especialmente. Dicho proceso se realizaba con el objetivo de evitar que las polillas atacasen el material y para dar un color amarillo parejo a la curagüilla. La siguiente etapa consistía en preparar las ramas separando las largas (chasconas), de las más cortas. Azufrado el material y separado, la siguiente etapa era el armado, momento en que la curagüilla seleccionada se ataba al palo a través de un máquina que tensionaba y apretaba el alambre haciéndolo girar alrededor del palo y de la curagüilla, armando el cuerpo de la escoba. Se le daba forma con diferentes herramientas, cuidando que las ramas cortas sirvieran de base y las chasconas fuesen la parte visible. Finalmente a través de una especie de prensa, se cosía la escoba y se le daban las terminaciones finales.

Todos los trabajadores de la fábrica juntaban en docenas la producción del día y la acumulaban en un sector para su posterior venta.

Hoy José, ya jubilado, recuerda con cariño aquellos tiempos; pues fue un oficio de buena paga, que llegó a darle independencia laboral hacia los 70 años, mucho después de de dejar sus labores como maestro cocedor y armador. Sin embargo, los tiempos han cambiado, la curagüilla no se produce como antes y los precios hacen difícil que esta sea una labor de buenos réditos hoy en día.

Los buenos recuerdos quedan, unos de los que más parece alegrar a José, se refiere a cuando con su hijo mayor, Antonio, viajó desde Los Andes a Valparaíso en tren con algunas docenas de escobas. El plan era tantear el mercado y después distraerse con su hijo en el puerto si las ventas eran buenas. Llegado el tren a la Estación Barón se dirigió a la Avenida Argentina, pues la típica feria porteña estaba instalada, al final de ella se hizo un espacio y dejó a su hijo cuidando la mercancía y vendiendo lo que pudiese. Se encaminó a cerro Polanco a ofrecer sus productos y en un pequeño negocio, una señora decidió comprar todo lo que traía “para que no siguiera caminando más”. Bajó corriendo a buscar sus escobas, realizó la transacción, y después se dedicó a pasear con su hijo por Valparaíso con las ganancia de la venta.

 

La carrera de Olga: atletismo en el Aconcagua

 

por Danilo Herrera B.

En la década del 70’, con apenas doce años y casi sin darse cuenta, Olga del Carmen Palacios Videla comenzó su camino en el deporte. Durante sus clases de Educación Física fue notando que con facilidad llegaba primero en las competencias de atletismo de su escuela República Argentina. Su talento no pasó desapercibido y fue generando un gusto personal por las victorias, lo que la motivó a dar un paso más allá en el atletismo de velocidad.

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En aquellos tiempos en Los Andes, las opciones que tenían los jóvenes interesados en este deporte estaban dadas por esforzarse en el colegio y participar de las competencias interescolares, así como también integrarse a las competencias entre escuelas de atletismo, de las que había dos: El club deportivo San Martín y el club Michimalonco. Si el talento era suficiente y se contaba con buen apoyo, se optaba por competir en las provinciales,  en las regionales y en los nacionales de Atletismo, para finalmente enlistarse en la élite deportiva nacional.

Olga participó en las competencias anuales interescolares, las que auspiciadas por el diario El Mercurio permitían reunir en etapas a las jóvenes promesas del atletismo de todo Chile. Competían primero los colegios de Los Andes, medio que permitía definir a los tres representantes de la ciudad; en esta instancia Olga obtuvo tercer lugar. El resultado le permitió ser reservista y con el primer y segundo lugar viajar a San Felipe a definir en competencia a los representantes de la antigua provincia del Aconcagua (Los Andes, San Felipe y Petorca). Por la ausencia de una competidora, pudo participar ganando en cien y doscientos metros, durante los años 1977 y 1978. Ya elegidos los mejores corredores del Aconcagua se realizaban las regionales donde competían los atletas de las diferentes provincias de la V Región de Valparaíso. En esta etapa obtuvo la medalla de oro en cien metros. Finalmente, en el mes de octubre se realizaban las nacionales en el Estadio Nacional de Chile, de todas las regiones se elegían a los mejores deportistas en cada ámbito. En el año 1977.  Olga llegó a esta instancia, sin embargo producto de una lesión de entrenamiento, su rendimiento disminuyó mucho, impidiéndole estar en óptimas condiciones para alcanzar las Finales.

Otra manera de competir, era a través de los clubes locales de atletismo, San Martín y Michimalonco los que, como clásicos rivales, se encontraban cada quince días en el Estadio Regional con gran presencia de espectadores. Olga fue invitada a participar el club San Martín por sus buenos resultados en la competencia provincial en San Felipe, lo que le permitió entrenar y competir frecuentemente  con el apoyo de este club. Incluso pudo ir en tren a Valdivia a competir, donde con su equipo se midieron con un club local, resultando segunda en doscientos metros y primera en cien metros.

Entrega de medalla por participación interescolares, 1977

El entrenamiento que vivió para poder avanzar en el atletismo era muy duro. Además de ser preparada en su colegio, se entrenaba con el Club San Martín quienes en las Canchas del Gimnasio Centenario entrenaban tres o cuatro veces por semana durante una hora y media como mínimo, incluyendo en algunos casos entrenamientos en el Cerro de la Virgen. Fundamental en este proceso, y quien la llevó a un buen nivel para competir fue Tomás Delgado, preparador físico del club y de la Liga Atlética de Los Andes, así como los profesores de su colegio que la motivaba en el ámbito deportivo.

El esfuerzo de Olga, la llevó a ganar en 1979 una beca en la Escuela de Talento Deportivo en Santiago, donde llegaban las mejores promesas del deporte nacional, muchas de las cuales tenían escasos recursos. Para tomar esta beca se trasladó a la capital a estudiar en el Instituto Nacional Femenino. Ahí entrenaba de lunes a viernes, y sábado por medio competía, con un gran nivel de exigencia por parte de sus profesores. Sin embargo, en el 79`, cuando se fue a Santiago, estaba pololeando y antes de asumir la beca se embarazó, siendo muy joven. Ello la llevó a renunciar a la beca y dejar el atletismo, así como sus estudios. Todo este proceso fue muy duro para ella y su familia, pues habían puesto mucha fe en su futuro.

Después de tener a su primer hijo, Olga siguió con el atletismo llegando casi a sus marcas personales, pero nunca fue lo mismo. Poco a poco la soledad del entrenamiento,  pues no pertenecía a ninguna institución, la fue desmotivando hasta dejar de entrenar.

Momento de la victoria en interescolares, 1977

Hoy Olga vive en Villa Alemana con su familia, es dueña de casa y hace poco terminó sus estudios de Enseñanza Media, los que hace mucho había dejado inconclusos. Aunque recuerda con nostalgia aquella etapa de su vida, piensa que su historia deportiva es un buen mensaje para aquellos jóvenes que entran al deporte, ya que muestra que con dedicación y esfuerzo se puede lograr mucho, pero también hay que ser responsable y aprovechar aquellas oportunidades que da la vida.