La carrera de Olga: atletismo en el Aconcagua

 

por Danilo Herrera B.

En la década del 70’, con apenas doce años y casi sin darse cuenta, Olga del Carmen Palacios Videla comenzó su camino en el deporte. Durante sus clases de Educación Física fue notando que con facilidad llegaba primero en las competencias de atletismo de su escuela República Argentina. Su talento no pasó desapercibido y fue generando un gusto personal por las victorias, lo que la motivó a dar un paso más allá en el atletismo de velocidad.

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En aquellos tiempos en Los Andes, las opciones que tenían los jóvenes interesados en este deporte estaban dadas por esforzarse en el colegio y participar de las competencias interescolares, así como también integrarse a las competencias entre escuelas de atletismo, de las que había dos: El club deportivo San Martín y el club Michimalonco. Si el talento era suficiente y se contaba con buen apoyo, se optaba por competir en las provinciales,  en las regionales y en los nacionales de Atletismo, para finalmente enlistarse en la élite deportiva nacional.

Olga participó en las competencias anuales interescolares, las que auspiciadas por el diario El Mercurio permitían reunir en etapas a las jóvenes promesas del atletismo de todo Chile. Competían primero los colegios de Los Andes, medio que permitía definir a los tres representantes de la ciudad; en esta instancia Olga obtuvo tercer lugar. El resultado le permitió ser reservista y con el primer y segundo lugar viajar a San Felipe a definir en competencia a los representantes de la antigua provincia del Aconcagua (Los Andes, San Felipe y Petorca). Por la ausencia de una competidora, pudo participar ganando en cien y doscientos metros, durante los años 1977 y 1978. Ya elegidos los mejores corredores del Aconcagua se realizaban las regionales donde competían los atletas de las diferentes provincias de la V Región de Valparaíso. En esta etapa obtuvo la medalla de oro en cien metros. Finalmente, en el mes de octubre se realizaban las nacionales en el Estadio Nacional de Chile, de todas las regiones se elegían a los mejores deportistas en cada ámbito. En el año 1977.  Olga llegó a esta instancia, sin embargo producto de una lesión de entrenamiento, su rendimiento disminuyó mucho, impidiéndole estar en óptimas condiciones para alcanzar las Finales.

Otra manera de competir, era a través de los clubes locales de atletismo, San Martín y Michimalonco los que, como clásicos rivales, se encontraban cada quince días en el Estadio Regional con gran presencia de espectadores. Olga fue invitada a participar el club San Martín por sus buenos resultados en la competencia provincial en San Felipe, lo que le permitió entrenar y competir frecuentemente  con el apoyo de este club. Incluso pudo ir en tren a Valdivia a competir, donde con su equipo se midieron con un club local, resultando segunda en doscientos metros y primera en cien metros.

Entrega de medalla por participación interescolares, 1977

El entrenamiento que vivió para poder avanzar en el atletismo era muy duro. Además de ser preparada en su colegio, se entrenaba con el Club San Martín quienes en las Canchas del Gimnasio Centenario entrenaban tres o cuatro veces por semana durante una hora y media como mínimo, incluyendo en algunos casos entrenamientos en el Cerro de la Virgen. Fundamental en este proceso, y quien la llevó a un buen nivel para competir fue Tomás Delgado, preparador físico del club y de la Liga Atlética de Los Andes, así como los profesores de su colegio que la motivaba en el ámbito deportivo.

El esfuerzo de Olga, la llevó a ganar en 1979 una beca en la Escuela de Talento Deportivo en Santiago, donde llegaban las mejores promesas del deporte nacional, muchas de las cuales tenían escasos recursos. Para tomar esta beca se trasladó a la capital a estudiar en el Instituto Nacional Femenino. Ahí entrenaba de lunes a viernes, y sábado por medio competía, con un gran nivel de exigencia por parte de sus profesores. Sin embargo, en el 79`, cuando se fue a Santiago, estaba pololeando y antes de asumir la beca se embarazó, siendo muy joven. Ello la llevó a renunciar a la beca y dejar el atletismo, así como sus estudios. Todo este proceso fue muy duro para ella y su familia, pues habían puesto mucha fe en su futuro.

Después de tener a su primer hijo, Olga siguió con el atletismo llegando casi a sus marcas personales, pero nunca fue lo mismo. Poco a poco la soledad del entrenamiento,  pues no pertenecía a ninguna institución, la fue desmotivando hasta dejar de entrenar.

Momento de la victoria en interescolares, 1977

Hoy Olga vive en Villa Alemana con su familia, es dueña de casa y hace poco terminó sus estudios de Enseñanza Media, los que hace mucho había dejado inconclusos. Aunque recuerda con nostalgia aquella etapa de su vida, piensa que su historia deportiva es un buen mensaje para aquellos jóvenes que entran al deporte, ya que muestra que con dedicación y esfuerzo se puede lograr mucho, pero también hay que ser responsable y aprovechar aquellas oportunidades que da la vida.

Componedores de huesos: las milagrosas manos de Cotoyo

 

Por Jorge Cancino y Danilo Herrera

 

La cura de huesos es una vieja práctica que consiste en aliviar malestares musculares o dolores a causa de huesos torcidos mediante masajes o movimientos de los mismos . En el valle del Aconcagua existían varios curadores de huesos, algunos incluso alcanzaron gran fama. También se conoce como: compostura de huesos, hueseros, masajista.

Cotoyo
Teodoro Espinosa (Cotoyo) con un paciente *fotografía gentileza de Sra. Maria esposa de Teodoro Espinosa

La memorias que aún hoy perviven sobre la “cura de huesos” nos permiten reconstruir la práctica de este oficio así como la vida de algunos de sus más relevantes exponentes en la zona. 

Manuel Herrera ex – estibador de la Aduana, vivió por experiencia los beneficios de tratarse con alguno de los virtuosos “curadores”. Según él, antes eran muchos quienes ejercían este oficio, sin embargo sólo conoció a unos pocos. Recuerda especialmente a la familia Espinosa, de la cual varios de sus integrantes se desempeñaban como hueseros:  Manuel Espinosa y sus hijos; Teodoro, conocido como Cotoyo, Leo y María, practicaron este oficio durante décadas.

Particularmente conocidos fueron el padre Manuel y su hijo Cotoyo, quienes con su talento llegaron a tener tal cantidad de público, que era necesario sacar número para poder atenderse. Desde todo el valle del Aconcagua,  Santiago e incluso Mendoza venían a tratar sus malestares con estos hombres de “manos milagrosas”.

  Manuel Herrera que trabajó desde muy joven en la Aduana, recuerda visitar en dos ocasiones a Cotoyo. La primera vez que acudió, fue por causa de una lesión en el pie, ocasionada por el intenso trabajo de descarga de sacos en el antiguo Tren Trasandino. Varios vagones con treinta mil kilos de carga cada uno, en sacos de cincuenta kilos tuvo que descargar su cuadrilla. Después de un rato de trabajo (y producto de andar descalzo piensa) comenzó a sentir un malestar en el empeine, lo que le impidió seguir con su labor. Pidió permiso a la jefatura para ir donde el “huesero”. En ningún momento  se le pasó por la mente ir al hospital pues ahí no se resolvían bien los problemas de ese tipo y la experiencia le había enseñado que podía ser incluso peor.

 Cotoyo revisó su caso; comenzó el tratamiento con algunos masajes en la zona, y después, con un fuerte tirón, puso en su lugar lo que estaba torcido. En otra ocasión producto de fuerzas mal hechas después de una operación, sintió fuertes dolores en su pecho, visitó nuevamente a Cotoyo quien le pidió realizar algunos ejercicios de respiración, después de lo cual con un fuerte apretón volvió una costilla a su lugar, solucionando de esta manera el problema.

No solo Manuel visitó a los Espinosa, sino que gran parte de su cuadrilla (que llegó a tener 200 trabajadores) y otros conocidos acudían constantemente para calmar sus dolores, algunas veces a causa de esguinces, zafaduras y hasta huesos quebrados, en otras ocasiones en busca de simples masajes. Recuerda  Manuel que por no más de 5.000 pesos actuales uno podía solucionar o calmar sus malestares.

Su esposa María relata varios detalles que aportan a crearnos una imagen más cercana de cómo ejercía su oficio Teodoro. Primero debemos entender que las habilidades de Cotoyo fueron una suma de dos factores: un don innato heredado de una familia dedicada al oficio durante décadas y su trabajo ligado al deporte en el mundo del box y en el equipo de fútbol San Martín. En estos trabajos aprendió observando técnicas para tratar malestares musculares. Con el tiempo la demanda de pacientes fue tan grande que se vió obligado a dejar sus labores en el equipo y dedicarse exclusivamente a este oficio. Una galería anexa a la casa servía de “consulta”, la cual, separada por una cortina permanece casi intacta hoy en día. María aún guarda las cosas de su esposo, por un ejercicio de nostalgia pues simplemente no quiere botarlas. Pese a que jamás se dejó tratar por su marido, María reconoce en él un don para diagnosticar y solucionar únicamente con el tacto las dolencias de quienes llegaban a él.

La fama que adquirió Teodoro llegó hasta los periódicos locales, en una entrevista publicada el 24 de septiembre del 2004 en el  diario El Observador, Cotoyo nos cuenta en mayor profundidad cómo recibió y perfeccionó sus conocimientos. Según relata en la entrevista, en los años 60’, de manera autodidacta y aprovechando su gusto por el deporte fue observando el trabajo de los masajistas, en la peleas de los antiguos campeonatos de boxeo que se realizaban en la zona, dicha experiencia le enseñó sus primeras técnicas de masaje, que lo llevó a aprender a centrar huesos. De esta manera es que por más de 25 años se dedicó a esta ocupación, y a través de la práctica, y lejos de cualquier manual de medicina mejoró sus habilidades en el masaje. Su procedimiento de trabajo consistía en diagnosticar el problema tocando la zona afectada para después proceder según el caso: si había un hueso comprometido ponía atención al tendón para después corregir el hueso, si era necesario un masaje, aprovechada todo su talento en una práctica que a su juicio era sumamente beneficiosa al corregir y desinflamar las partes afectadas sin dañarlas

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A la izquierda: Cotoyo A la derecha: Segundo «Chato» Espinosa *fotografía gentileza de Sra. Maria esposa de Teodoro Espinosa

El año 2013 falleció Teodoro a la edad de 84 años, despedido entre amigos, familiares y agradecidos pacientes. Su fama se mantuvo hasta el final, prueba de esto son los artículos de prensa informando la triste noticia. Hoy solo su hermana María sigue realizando masajes ocasionalmente, con lo que aquella tradición familiar pareciera estar apunto de perderse.